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En un Triumph a Santa Bárbara

Abandonamos la ciudad de Medellín y nos perdemos en las montañas del sur
que se imponen inmensas e infinitas en el horizonte. Los pueblos como
Versalles y Fredonia se incrustan en las gigantes verdes, mientras son vistas
desde las ventanas del Triumph TR4A de don Arturo. Un pequeño deportivo
de lujo de 1967, de dos puestos. Al entrar, uno siente que es una hazaña estar
cómodo, pero donde reposan los pies, el auto deja un vacío profundo para
estirarse libremente. Estoy a ras del suelo con el zumbido del Triumph de casi
2,2 litros de cilindrada que entrega 104 CV, y que a diferencia del TR4, tiene
un eje trasero de suspensión independiente: IRS (Independent Rear
Suspension). 
 A orillas de carretera está el Remanso, antes de subir el Alto de Minas:
—hacen unos fríjoles muy ricos ahí–, señala don Arturo– Por acá nace el río
Medellín, limpio– mientras observa el precipicio que lleva al Río Aburrá, que
baja del Alto de San Miguel a 3.100 metros de altura en relación al nivel del
mar (msnm).
Cruzamos el municipio de Versalles, el que antes era el ideal para comprar
carne, pero que ahora, Arturo mira con sorpresa. No hay ninguna carnicería en
la vía principal. Subimos por el Alto de Minas, una vía en la que la
confluencia y coincidencia de tractomulas en sus curvas es delirante, y estas
largas y bestiales máquinas, deben frenar y darle paso a otros vehículos,
“en vez de hacer tanta curva, se debió colocar como en Italia, puentes
que lleguen directamente al otro lado de la montaña, o túneles” .  
Nos acercamos a las inmediaciones de Santa Bárbara, Antioquia. Las cajas de
mango dulce al lado de la carretera pierden su aroma en ocasiones, con la
intensidad del olor fuerte, melodioso y esporádico de la boñiga. Los
santabarbereños están celebrando las vigésimo terceras (23°) Fiestas del
Mango y el Museo Itinerante Retromotor hace su arribo al municipio con un
poco más de 30 autos antiguos entre los que se destacan un modelo único en
Antioquia, el Chevrolet Turín de 1929; el Chevrolet Corvette de 1971, un
Toyota FJ40 de 1977, un Ford F1 de 1950 y una Hummer H1 de 1992.
— ¿Se le puede quitar el techo al Triumph?

Ante la pregunta, no duda en frenar el auto, ese que lleva restaurando desde
1992, cuando lo compró en Barranquilla. Desabrocha los seguros de la carpa y
quita la capota del automóvil, vuelve al asiento, guarda su gorra azul oscura,
con un carro pintada de naranja, y la cambia por un sombrero de paja. El calor
inunda las calles de pavimento rupestre y nos pone la cara roja. 

Los carros entran por la carrera Bolívar del municipio, la gente comienza a
salir afuera de sus casas, con sillas de plástico, algunos sentados en la acera,
una cerveza Águila en la mano, un vaso de plástico morado al lado y un bafle
que entona un reggaetón del 2005 llamado Compañera de Vico C. Nos vamos
acercando al Parque de Santa Bárbara, la gente se acumula en las aceras como
en una procesión y el sonido de la música se transforma en un claxon
sostenido acompañados de los gritos de la multitud.
— ¡Qué hermoso! ¡Qué belleza!–aplaude una anciana de vestido azul– ¡No se
están quemando mucho con ese calor tan ardiente!
—¡Pite, pite, pite!– nos gritan mientras pasamos en medio de los excitados
espectadores.
—No, el Jeep Comando ya pitó por todos–responde Arturo ante la insistencia
del público, refiriéndose al auto modificado que va delante de nosotros, y que
alimenta los deseos efervescentes del pueblo, al tocar su bocina, pito de
volqueta, que retumba en los oídos de Arturo, que frunce el sueño para
soportar el exorbitante sonido.
–¡Ay, mira este tan bonito! Felicitaciones, muy bien cuidado–se escucha en
las aceras, mientras el Triumph avanza despacio.
“¡El de Mister Bean!”, “¡el de Mister Bean!”, fue el grito que le escuché a
niños, jóvenes, señores y señoras, al ver pasar el Mini Cooper 1000 del 72,
conocido por ser el auto característico del personaje inglés Mr. Bean.
Muchos de los observadores lo hacían desde las ventanas, todos reunidos en
familia, el abuelo, la abuela, sus hijos y nietos. Un recorrido con una
permanente sonrisa dibujada en los espectadores. Besos desde las ventanas,
aplausos, gritos, piropos y una energía sabor a las fiestas de sembrina a ritmo
de autos que tal vez nunca habían visto.

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